- CORRE, CORRE, CORRE…
La gente gritaba enardecida. Nadie apartaba su vista de la pista de carrera.
- CORRE; CORRE, CORRE… un snarks es más rápido que tú – gritaban desde todas partes.
Su corazón palpitaba, la meta estaba a sólo treinta metros, pero parecía que nunca llegaría.
- CORRE, CORRE, CORRE… hazlo por tu vida – gritó desde su interior.
Hacia ya varios siglos que las carreras se habían implementado como una forma eficaz de control poblacional. Dos competidores, dos vidas, dos destinos. Uno continuaría con vida, el otro moriría para asegurar la supervivencia de la sociedad. Por más cruel que parezca, era la única solución.
- CORRE, CORRE, CORRE… sólo mira la meta – gritó su padre.
La ciudad había llegado a crecer hasta el punto límite. El espacio se había acabado. Y la población seguía creciendo. El doble cada año. Era algo que nadie podía evitar. La naturaleza lo había dispuesto así. Y contra eso no se puede hacer nada.
- CORRE, CORRE, CORRE…no deshonres a tu familia – gritó su hijo.
Seta intentaba correr lo más rápido que su cuerpo le permitía. Había entrenado durante nueve meses. El tiempo máximo permitido. No había excepción. Y aunque físicamente era idéntico a Maez, no podía alcanzarlo todavía.
- CORRE, CORRE, CORRE… faltan sólo unos metros – gritó su esposa.
Su cuerpo se estiraba, sus piernas daban zancadas como nunca había imaginado. El esfuerzo fue agotador. La meta estaba a un solo paso.
- CORRE, CORRE, CORRE…
Un griterío ensordecedor dio por culminada la carrera. Seta había perdido. La muchedumbre se agrupaba para vitorear al ganador. Maez gritaba de alegría. Miró a Seta con compasión, y le dijo:
- Lo siento, hoy fue mi día de suerte.
Su familia se reunió para consolarlo. Había lágrimas en sus ojos. Sin embargo, nadie lloró.
La organización ya había instalado el podio, y a su lado ya estaba la horca. Dos festejos. Dos modos de ver la victoria y la derrota. Maez subió primero, un ramo de flores fue su trofeo. Seta no se atrevió a subir. Era demasiado para él.
- VIVA MAEZ, NUESTRO CAMPEÓN… – cantaba la multitud agradecida.
La escalinata que lo llevaba a la horca parecía interminable. La gente permaneció expectante. La soga cruzó su cuello. Cerró los ojos. Suspiró. Y su cuerpo cayó pesadamente sobre el vacío.
La muchedumbre se retiró en silencio. Lentamente quedó la pista despejada. Sólo dos figuras llenaban el cuadro. Una colgaba del cadalso. La otra miraba el cielo. Su respiración se fue normalizando. Miró hacia su rival. Cerró el puño y se despidió.
Seta no olvidaría aquel día. El día de la derrota. El día de la vida.

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