miércoles, 22 de julio de 1998

Debra la ramera

Texto: Daniel Aranda

1- BRACAMONTE.

Odiaba tanto su trabajo, odiaba tanto su vida. Maldecía el día en que su padre había tenido el descaro de decidir su futuro. No entendía por qué lo había separado de su hermana para llevarlo a las Ruinas del Silencio y así ser ofrecido al Ser Supremo. Quién era él para tomarse tal atributo. “¿Por qué no preguntó si yo quería ser un Ser Menor?”, pensaba sin llegar a una conclusión.
Tomó su capa, acomodó su sombrero y partió hacia el Olvido.
- Llegas tarde – dijo otro Ser Menor.
- Según para quién – comentó con desgana – seguramente muy temprano para alguien que no desea verme.
- ¿Sabes quién es el afortunado hoy?
- Nadie es afortunado si yo lo visito.
- Eso creo, pero que nadie nos escuche.
- Sí, lo sé – guardó silencio por un segundo, y pronunció una palabra fría – Debra.
- ¿Cómo?
- Debra, ese es su nombre.
- ¿Y cuál fue su pecado?
- Además de nacer…
Cuando acabó de pronunciar esas palabras, inclinó su rostro y siguió su destino.
Bracamonte era uno de los doce Seres Menores, elegidos para servir en el Templo del Olvido. Su destino había sido sellado desde muy pequeño. Su padre, un sacerdote en el mundo de los Perdidos, lo había entregado para que se convirtiese en un Hijo del Ser Supremo. “Sólo así tendría un futuro asegurado” pensaba. Pero lo único que le había asegurado era su perdición.
Los doce Seres Menores tenían a su cargo tareas específicas. A cada uno le correspondía una sola misión, la cuál no podía ser cumplida por nadie más. Bracamonte había sido instruido en una de las tareas más odiadas, tenía la responsabilidad de salvar las almas de los Perdidos y la única manera era quitando el cuerpo que la tiene prisionera. Él era uno de los mejores y su nombre causaba terror en el mundo de los Perdidos.

2- DEBRA

Debra era una mujer de vida ligera, principios dudosos y senos grandes. Este último don era lo único que la ayudaba a mantenerse viva. Pensar que habría podido ser una hermosa mujer, pero la mala fortuna la llevó a cometer pecados que torturaban a su pobre alma.
Trabajaba en el prostíbulo de Jack, aunque pasaba más tiempo en distintos lugares del pueblo haciendo horas extras. Jack era conocido también como el Pirata de los Senos, apodo conseguido gracias a las exuberantes jovencitas que se podían conseguir en su recinto.
“Sólo Bracamonte podrá salvar tu alma” bromeaba Jack, pero ella odiaba tal afirmación.
Esa mañana se levantó a las nueve como lo solía hacer siempre. Se dirigió al baño, cepilló sus dientes y afeitó sus piernas.
- Afeitándote las piernas ¿tienes un cliente nuevo? – preguntó su compañera.
- No, pero uno nunca sabe.
Cuando fue la hora apropiada, tomó su bolso y partió en dirección al prostíbulo. Llevaba pocas cosas, un lápiz labial color manzana, un paquete de cigarrillos, un espejito amarillo, una caja de preservativos y un paquete de pastillas de miel (odiaba a los hombres con mal aliento).

3- EL ENCUENTRO

- Llegas temprano, ¿esperas a alguien? – preguntó Jack con malicia.
- No, pero una nunca sabe – sus palabras le resultaron conocidas.
- Bueno, creo que hoy es tu día de suerte. Hay un hombre que desea conocerte y hace varias horas que está esperando. ¿No estarás haciendo clientes por tu cuenta sin avisarme? – en realidad Jack sabía de sus trabajos de medio tiempo.
- ¿Yo?, jamás…
Debra se acercó al hombre, lo miró a los ojos y trato de seducirlo. Bracamonte permaneció callado, duro y frío como el mármol.
- ¿Qué pasa?, ¿no te gusto? – hizo una pausa – ¿te crees muy hombre para mí?
Bracamonte miró su reloj, y al notar que había llegado la hora suspiró.
- He venido a ayudarte – comentó casi en silencio.
- ¿Ayudarme?, ¿a mí?, ni Bracamonte podría…
- Aquí estoy, salvaré tu alma.
- …ayudarme.
Al oír sus palabras su corazón se paralizó. Aquello que tanto temía se encontraba frente suyo, la simple idea de que ya había llegado su hora la hizo temblar.
- Llegas temprano, todavía tengo muchas cosas que hacer, aún no estoy preparada…
Bracamonte la miró y sintió pena por ella, reconocía sus palabras, en realidad todos dicen lo mismo pero esta vez fue diferente, había algo en ella familiar, sus ojos, su voz. Inclinó su rostro, extendió su brazo y lo acercó hacia su alma. Una extraña esfera de cristal comenzó a brillar sobre su mano. Debra observaba enmudecida, tal vez sus fuerzas la habían abandonado. La esfera comenzó a elevarse lentamente hasta posarse sobre ella. Su corazón latía velozmente, como si quisiera escapar de su interior. Sus ojos se cerraron y sólo se pudo oír un grito agudo.
Segundos después todo había terminado. Jack ya la había olvidado y sus pertenencias se desvanecieron sin dejar rastro. Bracamonte acongojado pidió un trago, lo pagó generosamente y se marchó hacia el Olvido.

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